LOGOTIPO-CSF-BLANCO

El sexo influye en nuestra estabilidad mental.

El sexo y el equilibrio emocional.

Las relaciones sexuales, la forma en la que expresamos nuestra sexualidad o la falta de sexo influyen en la salud mental. El sexo es parte integrante de nuestra vida y, por tanto, debemos prestarle la atención que requiere.

La psicóloga y sexóloga barcelonesa Emma Arribas, una reputada profesional con más de 20 años de experiencia abordando la relación entre psicología y sexología, afirma que la sexualidad tiene consecuencias sobre la salud mental, llegando a provocar estados de ansiedad, depresión, estrés, etc.

Es importante partir de que la vida sexual de una persona no es lineal, como no lo es su vida en general. Tenemos periodos de mucha actividad sexual, alternados con otros en los que practicamos sexo con menos frecuencia e incluso, épocas en las que experimentamos menos deseo. Esto de por sí no debería preocuparnos.

Lo mismo sucede cuando se forma una pareja. En los primeros meses, o años, la actividad sexual es frecuente. Puede, incluso, volverse frenética. Llega un momento en el que se estabiliza y aparecen otras épocas en las que, causadas por otros factores, las relaciones sexuales se espacian en el tiempo o desaparecen. En ocasiones, son ciclos. Un periodo de menos actividad sexual da lugar a otra época en la que se reaviva el deseo.

El problema aparece cuando una situación se hace crónica. Llegando a provocarnos una insatisfacción que salpica otros ámbitos de nuestra vida.

El hombre se mueve, entre otras cosas, por impulsos de placer y displacer. Algo que nos proporciona placer nos hace dichosos. Esto se refleja en que afrontamos las actividades diarias con más alegría y nos relacionemos con los demás con una mayor cordialidad. Por otro lado, el displacer nos provoca mal humor, tristeza y apatía.

Sería un poco simplista asociar únicamente nuestro estado del humor con la vida sexual que llevamos, pero evidentemente, la sexualidad tiene una influencia palpable en nuestro equilibrio mental y emocional.

¿Cómo afecta el sexo a la estabilidad mental?

En su página web, La Clínica de la Universidad de Navarra, nos habla de los trastornos de la sexualidad. Según ellos, estos trastornos son situaciones dolorosas o insatisfactorias que tienen su origen en la vida sexual y se prolongan en el tiempo.

Pueden venir ocasionadas por una experiencia sexual traumática, como resultado de haber recibido una educación sexual inadecuada o por conflictos en relaciones emocionales que asociamos con el sexo.

Con frecuencia pueden provocar un complejo de culpabilidad después de haber practicado relaciones sexuales, pérdida de apetito sexual e incluso un rechazo visceral al sexo.

Los trastornos sexuales más frecuentes en hombres se reflejan en impotencia, eyaculación precoz, ausencia de erección o pérdida total de interés. Son manifestaciones físicas, por lo que antes de atribuirle un sentido psicológico es importante descartar cualquier causa fisiológica. En ocasiones, una situación estresante en nuestra vida diaria o un exceso de preocupaciones nos puede conducir a este escenario.

En las mujeres, los trastornos sexuales más frecuentes son la anorgasmia, el vaginismo y el deseo sexual hipo-activo. El vaginismo consiste en sentir dolor en los genitales al practicar la penetración. Esto se debe a que la vagina no está lubricada y los músculos del área genital se encuentran tensos. El deseo sexual hipo-activo se puede manifestar en la ausencia de excitación mientras se practica el acto sexual, así como en una falta total de fantasías sexuales.

La aparición de trastornos sexuales incide decisivamente en la vida personal y en las relaciones de pareja. De ahí lo importante que es, procurar resolverlos en el momento en que lo detectemos. Algunas crisis de pareja tienen su origen en trastornos sexuales.

Estos trastornos generan una frustración que puede provocarnos angustia, ansiedad y tristeza.

Cuando estos trastornos aparecen y tenemos una relación estable, es importante hablarlo con la pareja, puesto que con frecuencia, nuestro compañero o compañera desconoce el origen de este comportamiento. Si no somos incapaces de resolver el problema por nosotros mismos, siempre es recomendable buscar ayuda profesional antes de que la situación se enquiste.

¿Inclinaciones sexuales o trastornos?

Navegando por internet he encontrado muchas páginas web, algunas de ellas bastante prestigiosas, que califican como trastornos sexuales, lo que no son más que inclinaciones del deseo. La página Psicología y Mente señala que los principales trastornos psicosexuales son el exhibicionismo, el voyerismo, el fetichismo y el sadomasoquismo.

El exhibicionismo se basa en experimentar excitación sexual al enseñar los genitales en público o mostrarse practicando sexo ante los ojos de los demás. Algunas parejas sienten una especial excitación cuando practican sexo en lugares públicos por temor a ser descubiertos. Puede ser, por ejemplo, hacer juegos sexuales en ascensores, en playas o en los baños de una discoteca. En mi opinión, mientras estas prácticas no atenten a la libertad personal, ni representen una amenaza para el orden público, no deben ser estigmatizados.

Algo parecido sucede con el voyerismo. El sujeto que posee esta inclinación sexual siente excitación cuando ve a otras personas practicando sexo. Esta es un fenómeno más extendido de lo que pensamos. El éxito del porno se basa, en gran medida, en este estímulo. El problema del voyerismo aparece en el momento en el que se observan a personas que no quieren ser observadas.

Con el fetichismo la excitación se alcanza observando o manipulando objetos inanimados a los que atribuimos un valor sexual, como puede ser la ropa interior femenina. En cierto modo, gran parte de la sociedad es fetichista. De ahí la importancia que le damos a la lencería.

Por último, en el sadomasoquismo aparecen dos roles. El amo o sádico, que alcanza el clímax sexual humillando o infligiendo dolor a su pareja, y el masoca, que obtiene placer sintiéndose maltratado. En este tipo de relaciones sexuales es fundamental el consentimiento mutuo y fijar una serie de límites y reglas consensuadas que establezcan las condiciones de la relación.

Estas inclinaciones sexuales representan un problema en el momento en el que el sujeto no las puede controlar o cuando comprometen la libertad de otras personas. En ese momento hay que abordarlas como un problema psicológico. Como abordaríamos la adicción al sexo o la obsesión. Hay que tratar su aspecto enfermizo cuando lo tenga, no calificarlas como un desequilibrio porque el estímulo del placer no coincida con el que está socialmente aceptado.

Calificar las inclinaciones sexuales como trastornos psicológicos es peligroso. No olvidemos que hasta hace relativamente poco, 40 o 50 años, la homosexualidad en nuestro país era tratada como una enfermedad mental.

Las relaciones humanas se reflejan en las relaciones sexuales.

Hemos presenciado por los medios de comunicación como, últimamente, el futbolista Dani Alves ha sido sentenciado a 4 años y medio de prisión por agresión sexual a una joven en los baños del reservado de una discoteca.

El exfutbolista del Barça alega que en ese momento estaba bebido. Casi con toda seguridad, no es la primera vez que tiene un comportamiento de este tipo. Tampoco es un problema personal de Dani Alves. Son varios los deportistas de élite, en especial futbolistas, que han sido señalados, en algún momento, por propasarse sexualmente con mujeres. Aunque en muchos casos, los procedimientos judiciales se han frenado antes de que el proceso se desarrollase.

Se trata de personas que son consideradas socialmente como unos triunfadores, que tienen mucho dinero y que piensan que el resto de la gente, en especial las mujeres, están para servirle. Se sienten con todo el derecho de coger lo que les dé la gana sin importarle la opinión de los demás.

Esto no es más que un esquema de pensamiento traducido a las relaciones sexuales. Algo parecido al derecho de pernada que los terratenientes se reservaban en otras épocas de la historia. Igual que podían disponer de los hombres que tenían a su servicio, lo podían hacer con las mujeres.

Hay algunas relaciones sexuales que se rigen por principios de sometimiento. No estoy hablando de prácticas de sadomasoquismo. Son, por ejemplo, hombres que fuerzan a sus parejas a mantener prácticas o posturas sexuales que ellas no desean mantener. El sujeto obtiene placer no por el acto en sí, sino porque ha forzado a la otra persona a hacer algo que no quería. En este caso, el placer se obtiene por relaciones de poder, no de satisfacción mutua.

Todo lo contrario es el sexo compartido. En el que la pareja explora su cuerpo y su sexualidad conjuntamente, buscando actos que hagan que los dos disfruten en el proceso. Es una relación de respeto, compenetración y complicidad, que probablemente no se circunscriba al mero acto sexual.

En el sexo, no solamente es importante practicarlo, también lo es hablarlo. Comentar con la otra persona qué es lo que le gusta, qué nos gusta, que nos hagan a nosotros y construir espacios comunes que nos resulten estimulantes.

Gran parte de los problemas de pareja tienen su origen en la falta de comunicación. Esa falta de comunicación también se aparece en el sexo. Hay lo que hay que añadir que para algunas personas hablar de sexo, aunque sea con su pareja, es un rasgo de vulgaridad o un tema tabú.

Gran parte de los trastornos que existen en la sexualidad suelen esconder otros problemas de fondo.