A mi esposo se le rompió una muela y empezó una época horrible para él y también para mí. Su dolor era diario, no hacía falta que me dijera nada, solo con verlo ya sabía que le dolía horrores. Tenía la cara tensa, hablaba poco y estaba todo el día cambiando de postura para ver si encontraba una forma de que la muela le molestara un poco menos. Yo ya ni sabía qué darle para que aguantara, me daba una pena terrible porque no sabía cómo ayudarlo.
Lo llevé a varios dentistas, uno detrás de otro, buscando a alguien que nos diera una solución más clara, pero todos repetían lo mismo. Entrábamos, lo miraban dos minutos, y nos decía lo típico: “Hay que sacar el diente”. Era tan rápido que no nos daba tiempo a pensar. Yo quería preguntar, quería entender, pero el ambiente era tan acelerado que mi esposo decía que sí con tal de salir de ahí. A cada consulta salíamos más confundidos que en la anterior.
El problema es que sacar un diente no es algo tan sencillo, porque no sale otra vez, y yo no quería que él tomara una decisión así solo por la prisa de otros. Él tampoco lo tenía claro, pero cuando un dentista te lo dice todo así, sin hacer más consultas ni nada, te entra esa sensación de que quizás tú no tienes ni idea, pero como él es el profesional… Y como él tenía miedo del dentista desde joven, aún peor. Eso hacía todo más difícil.
Después de semanas y semanas dando vueltas, por fin dimos con un dentista que lo cambió todo aquí, en Ourense, que es donde vivimos ahora. Nos recibió con calma, le habló a mi esposo con seguridad, le preguntó cómo se sentía y le dio espacio para explicar su miedo al dentista sin juzgarlo ni señalarlo, que es algo que nunca había hecho nadie. Lo revisó con paciencia, le explicó qué veía y dijo algo que nadie más había dicho: “Este diente puede salvarse perfectamente”.
Yo sentí un alivio que no había sentido en mucho tiempo. Y así fue: le hicieron una endodoncia, un empaste bien hecho y listo. Desde ese día, ni un dolor. Volvió a dormir, volvió a comer normal y volvió a reírse sin apretar los dientes.
Que te digan que tienes que sacarte el diente sin explicarte nada es horroroso
A mí me sorprendió lo rápido que algunos dentistas recomiendan una extracción. Es una decisión importante, y me molesta que haya sitios donde se sugiera como si fuera algo sin importancia. Yo no quería que mi esposo tomara un camino que no tenía vuelta atrás. Si alguien me hubiera dicho antes que las endodoncias no son tan terribles como parecen y que pueden salvar un diente sin complicaciones, le habría insistido desde el primer día.
Cuando te sientas en la silla y escuchas “hay que sacarlo”, es fácil asustarse, ponerse nervioso y querer salir corriendo ins mirar atrás. Pero se hacen estas cosas, y nadie te explica el porqué, y por eso mucha gente termina aceptando que se lo quiten. Lo entiendo, porque con dolor y miedo no piensas con claridad, yo misma habría dicho que sí si estuviera en su lugar. Lo interesante es que, después de hablar con otros profesionales, descubrí que la extracción es la última opción, no la primera. Y eso lo cambió todo para mí.
Lo que casi nadie cuenta es lo que viene después de sacar un diente: el hueco, el movimiento de los dientes cercanos, la sensación rara al masticar y, tarde o temprano, la necesidad de poner un implante. Todo eso es dinero, tiempo y más visitas.
Yo solo quería que mi esposo encontrara una solución que no complicara más su vida.
Salvar un diente es más importante de lo que creemos
Mi impresión es que, si un diente tiene arreglo, vale la pena intentar salvarlo. El dentista que finalmente trató a mi esposo (y que sigue tratando, porque se ha convertido en nuestro dentista de confianza) nos explicó, de forma muy simple que, mientras la raíz esté bien y quede estructura suficiente, la endodoncia es una opción totalmente válida.
Me explicaron, básicamente que lo limpian todo por dentro, quitan lo que causa el dolor, sellan muy bien y después reconstruyen el diente por fuera. Es más trabajo que sacar un diente, sí, pero también te evita muchos otros problemas a largo plazo. Y la sensación de tener tu diente natural no tiene comparación.
Yo pensaba que una endodoncia era algo súper complicado o doloroso, me imaginaba cosas rarísimas, pero mi esposo salió tan tranquilo después de hacérsela que hasta me dijo que se sentía ridículo por haber tenido tanto miedo todo el tiempo, incluso deseó habéserlo hecho antes. El dentista le explicó cada paso, todo sin prisa, y eso hizo toda la diferencia. Desde ese día empecé a valorar el trato humano tanto como el tratamiento en sí.
El miedo al dentista hace que tomemos decisiones rápidas
Mi esposo siempre ha tenido miedo a todo lo que tenga que ver con odontología. Y, cuando una persona va con miedo al dentista, aunque vaya a sanarlo y a quitarle el dolor, lo que dice el primero que la atiende tiene un peso enorme. Si te hablan rápido, dices que sí. Si te hablan duro, te bloqueas. Si no te explican las cosas, piensas que no tienes derecho a preguntar.
Una vez salimos de una clínica en la que él casi aceptó la extracción sin estar convencido. Caminando a casa, me dijo: “Lo hice por nervios, no porque quisiera hacerlo”. Y en ese mismo momento llamé, y cancelé la cita para la extracción. Al mismo tiempo, todo eso me hizo pensar en la cantidad de gente que toma decisiones rápidas así, solo por sentirse presionada. Es un problema muy grande, porque la relación entre paciente y profesional debería ser lo contrario: debería darte tranquilidad, no presión.
Que alguien trate a tu esposo con respeto, que le hable sin gritar, sin prisas, sin actitudes raras, hace que todo sea más fácil. Esa vez, cuando por fin dimos con un dentista con paciencia, mi esposo pudo decir en voz alta: “Tengo miedo”. Y escucharlo fue casi un alivio para mí también.
Preguntar no es molestar, es entender
He aprendido que hay que preguntarlo todo, aunque seas pesado. Aunque te dé vergüenza, aunque te dé pánico que te tomen por tonto. No pasa nada: la boca es tuya, el diente es tuyo y tú eres quien va a vivir con la decisión.
Por eso empecé a preguntar lo básico cuando iba al dentista a buscar otras opciones, lo que cualquier persona debería poder preguntar sin sentirse mal por hacerlo:
—¿Se puede salvar?
—¿Cuánta parte del diente queda?
—¿La raíz está bien?
—¿Hay infección?
—¿La extracción es la única opción de verdad?
Cuando la persona que te atiende quiere ayudarte, se nota en cómo te habla y en cómo se toma el tiempo de explicarte cada paso. Cuando no quiere, también se nota: respuestas cortas, muchas prisas y poca paciencia. Y esa actitud dice mucho más de lo que parece: a veces, el problema no está en lo que hacen con las manos… sino en cómo te tratan.
Mirar opciones cambia resultados. Comparar opiniones puede evitar errores y decisiones que luego pesan durante meses. En nuestro caso, marcó una gran diferencia: le salvó el diente a mi esposo y nos evitó dolor, gastos innecesarios y un estrés que ya teníamos encima por otras cosas.
Por eso, ahora animo a cualquiera a preguntar todo lo que no entienda sin dudar.
Consejo si tienes que sacarte una extracción
Russo Dental, clínica dental con gran experiencia en extracciones, nos explia que, si tienes que sacarte un diente, no se pueden tomar decisiones rápidas por miedo o por el dolor. Antes de decir que sí, hay qye asegurarse de que sabes lo que implica. Pregunta sobre las opciones, los riesgos y cómo afectará a tu boca después. Es tu decisión, no la del dentista que te atienda.
Cuando llegues a la consulta, observa cómo te hablan y te explican. Si alguien va con prisas o no responde tus dudas, busca otra opinión. Comparar puntos de vista puede evitar que tomes decisiones que luego lamentes.
Piensa en el futuro: un diente extraído puede necesitar implante, puente o prótesis. Eso requiere tiempo y dinero, así que tenlo en cuenta.
Tomarte tu tiempo para decidir y preguntar todo lo necesario hace que la extracción sea más segura y menos complicada.
Pensar antes de decidir, incluso cuando duele
Este tipo de decisiones afectan a tu vida para siempre. Un diente perdido cambia cosas, un diente salvado te da paz. Yo lo viví con mi esposo y sé lo que es ver a alguien mejorar de un día para otro solo porque recibió la atención correcta.
Mi forma de verlo es simple: si hay posibilidad de salvar un diente, al menos quiero saberlo. Si no se puede, perfecto, se saca. Pero quiero que la decisión sea porque no hay otra opción, y no porque al dentista le dé la gana, simplemente. Y eso solo se consigue preguntando, escuchando y, si hace falta, buscando otras opiniones.
Cuando veo que ahora mi esposo comer normal, duerme bien y se ríe sin tocarse la cara, me alegro de haber insistido en preguntar a otros dentistas. Su vida cambió porque alguien se tomó su tiempo en vez de decir lo primero que se le ocurrió.
Si tú estás en esa duda, te entiendo más de lo que piensas. Y ojalá encuentres un profesional que te hable con calma, que no te asuste y que te explique con claridad si tu diente puede salvarse. No te conformes con la primera respuesta.